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  Flor de Tuna Cap 1 al 6  
  Una novela por entregas de Raúl Orrantia Bustos.  
     
     
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Flor de Tuna Cap 1 al 6
Una novela por entregas de Raúl Orrantia Bustos.
 

Para Rolando Rosas Galicia,

Moisés Zurita Zafra

y Ariel Sánchez Hernández

 

1

Perdonar, tal vez. Olvidar no. Olvidar, nunca.

Porque la misma noche en que descubrí que Arturo, mi marido, me era infiel, comencé a descubrir también que el mundo que yo conocía, el que me rodeaba, era uno muy diferente al que creía.

Cuando llegué a la casa de mis padres, envuelta en gritos y ahogada en llanto, ellos no tardaron en sospechar lo que había sucedido. Mi padre me saludó con un cálido beso en la mejilla y se retiró a su estudio como si lo que tenía que contarles fuera asunto exclusivo de mujeres.

–Tranquilízate, Rebeca –me dijo mi madre–. Acomódate en la sala en lo que preparo un poco de té.

Jamás como entonces me había percatado de lo envejecida que estaba mi madre, de su forma arqueada de caminar y de las venas que empezaban a brotarle, arrugadas y cansadas, sobre el dorso de las manos. En el estado de zozobra en que me encontraba, la casa de mis padres se me antojó un cementerio de recuerdos cuyos fantasmas paseaban sus sombras invisibles sobre el piso de mármol y la tapicería anacrónica de rombos dorados. Por un instante me vi a mí y a mis hermanos sentados en esa misma sala, bien peinados y relucientes de limpio, esperando la hora para asistir como cada domingo a la misa de mediodía en la catedral de Huelelagua de los Llanos, ciudad en que nací y en la que siempre he vivido, y que las plumas más irreverentes de la prensa de nuestros días han rebautizado como Bebe-el-agua-de-los-baños a causa de las aguas residuales con que los agricultores de la zona irrigan actualmente sus parcelas. 

Mi madre volvió de la cocina trayendo consigo esa mirada sumisa y de buen ánimo con cuya luz quería disipar las tinieblas en que me encontraba. 

–Bebe un poco. Es té de manzanilla con un toque de valeriana. Te hará bien para los nervios.

–Gracias.  

–Mira, también te traje una rebanada de pastel de guayaba. Lo hice anoche con la fruta que don Nicolás le regala a tu padre en cada cosecha.

Don Nicolás, hombre de origen humilde que en los últimos años había venido a más hasta convertirse en uno de los agricultores más ricos de Huelelagua, fue de los primeros que, sin dudarlo un instante, decidió regar sus campos de cultivo con aguas residuales, aun cuando las plantas de tratamiento no habían sido siquiera empezadas a ser construidas.

–Gracias –volví a decir–. Es suficiente con el té.

Tomé la taza entre mis manos y bebí un poco. El manto de un silencio incómodo nos cubrió por unos instantes. De la taza de té se alzaban volutas de vapor como alas de ángeles que pronto se deshacían en su batir sigiloso. Ya había dejado de llorar, pero mi pensamiento seguía fijo en Arturo.

–¿Sabes quién es ella? –preguntó mi madre. Aunque su pregunta venía perfectamente al caso, yo no la esperaba tan directa. Tal vez por ello me escuché a mí misma responder de forma estúpida:

–¿Cómo?

–Que si sabes quién es ella, Rebeca. Porque si no la conoces, es mejor. No investigues. Olvídala.

–No es una en específico –me atreví a responder en voz baja.

–Entiendo.

–No, no creo que entiendas. No es como mi tío Martín, tu hermano, que ambas sabemos en qué se gastaba el dinero de mi tía. Arturo… Arturo…

Las palabras se quedaron danzando en la garganta y en lugar de ellas arrojé un estrepitoso llanto al rostro sereno de mi madre.

–¡Por qué –dije en sollozos–, por qué no pude hallar un hombre íntegro como mi padre!

Mi madre clavó sus dulces ojos en los míos: una mirada que yo juzgué de compasión, pero que más tarde comprendería que se trataba de un reproche a mi ingenuidad.

–Cálmate, hija, y mejor empieza por contarme qué ha pasado realmente. Dime, ¿en qué sitio lo has encontrado?

–¡Mamá!, ¿cómo imaginas siquiera que yo pudiera conocer el nombre del sitio?

–Lo sé, cariño, lo sé. Me refiero a que si lo viste salir de un cabaret, de un table dance, de un prostíbulo o de…

–¿Mamá?

–Lo digo porque en esos sitios los hombres no siempre pueden hacer las mismas cosas, tú me entiendes… No me mires así, Rebeca. Estos lugares de esparcimiento masculino existían antes de que tú nacieras y a buena fe que han existido siempre y en todos los rincones del planeta. Así que no te sorprenda que yo los conozca.

Por supuesto que no me sorprendía en absoluto que ella los conociera. Me sorprendía el hecho de que mi madre parecía estar tomando partido a favor de Arturo.

–Los hombres tienen ciertas necesidades –continuó ella–, y una como mujer debe de entenderlo.

Mi madre comenzó a dar consejos que yo aún no había pedido. De hecho, no había tenido la oportunidad de aclararle que estaba confundiendo las cosas, que no hablábamos de los mismos sitios. Mi silencio, sin embargo, no respondía a esta confusión, sino a que una nueva imagen de mi madre comenzaba a construirse en mi interior. Ella, entendiendo lo que sucedía, bajó la mirada, tomó aliento, y dijo lentamente: 

–Ya has empezado a juzgarme, ¿no es así?

No respondí.

–Justo ahora estás pensando: “A dónde quiere llegar mi madre, por qué me dice todo esto.”

Nuevamente el silencio entre nosotras. Afuera, una ventisca repentina hizo que la higuera del jardín rasguñara con sus ramas verduzcas y lechosas las ventanas de la cocina.    

–Pensabas que él no, ¿eh? –dijo de pronto mi madre, con la voz más firme que nunca– Ninguna madre se salva, Rebeca.

–¿A qué te refieres? ¿Por qué defiendes a Arturo?, ¿por qué no te pones en mi lugar?

–Eso hago, mi vida. Yo lo único que defiendo es tu matrimonio. Te lamentas por no haber encontrado a un hombre tan pulcro como tu padre. Pues siento mucho tener que destruir esa percepción inmaculada que tienes de él, pero quizá sea la única forma de hacerte entrar en razón.

–¿De qué hablas?

–Hablo de la causa por la que has venido a verme, Rebeca. Hablo de que tú tienes la ventaja de no saber con quién o quiénes se acuesta tu marido. Hablo de que en ti cabe la esperanza de que él no quiera de ellas más que su cuerpo. Yo, en cambio, tuve que vivir soportando la omnipresencia de Rosa, la presunta prima de tu padre que tú y tus hermanos quisieron tanto durante su infancia. Hablo, hija mía, de que tu padre no fue tan imprudente como para dejar que Rosa, o Rosita, como ustedes la llamaban, siguiera viviendo bajo este techo cuando ustedes comenzaron a crecer y podían darse cuenta de la realidad. Por eso inventó que Rosa tenía asuntos impostergables que resolver en la capital, adonde había tenido que partir inmediatamente sin poder despedirse de nadie. Hablo de eso, Rebeca, de los secretos y la entereza que una buena esposa debe mantener en todo momento para no manchar la reputación de su familia.

Mirando mi rostro entablado por el desconcierto y la incredulidad, mi madre concluyó:

–Si no me crees, ahí está tu padre detrás de la puerta del estudio, escuchando mis conversaciones a escondidas, como de costumbre. Eres libre de ir a preguntarle, de descubrir la verdad por ti misma.                    

 

 

2

 

Conduje de regreso a casa bajo un cielo de ceniza, negándome a creer que lo que acababa de descubrir era cierto. Rosa, la tía Rosita, amante de mi padre. Me preguntaba qué habría sido de ella y, sobre todo, qué tipo de relación pudieron haber establecido mi madre y Rosa durante el tiempo que vivieron bajo un mismo techo. Por supuesto, no había tenido la imprudencia de hacerle tal pregunta a mi madre.

A esas horas de la madrugada, el centro histórico de Huelelagua de los Llanos se alzaba con sus palacetes coloniales, la mayoría convertidos hoy en edificios de gobierno, hoteles y restaurantes. De las terrazas de La Posada Allende se escabullía el ruido inconfundible de la fiesta trasnochada. Pasé junto a la alameda municipal, cuyo interior de plantas tropicales y árboles de oriente era iluminado por la luz de polvo cobriza de las farolas semigóticas traídas de Francia durante el Porfiriato. Al llegar al antiguo acueducto de los conventos de Riva Salgado, seguí de frente en lugar de girar a la izquierda. Había decidido explorar los arrabales de la ciudad, la zona de tolerancia donde se extendían bares y cabarets de la peor reputación.

Al llegar a la avenida Hidalgo, famosa por su vida nocturna, reduje la velocidad con que conducía al punto de que, sin darme cuenta, prácticamente me había detenido en medio de la calle. Plantadas a lo largo y ancho de la acera, chicas en minifaldas y tacones altos mostraban sus mejores poses de venta. Pocas eran las que no fumaban, e incluso quienes lo hacían tiritaban de frío cada y cuando. Algunas de ellas tenían un cuerpo tan bien torneado que, más que envidiarlas, dudé si se trataban realmente de mujeres. Las luces neón de los bares y cabarets patinaban sobre el cofre de mi carro, trazando figuras indescifrables. Me perdía en ellas cuando un pordiosero chocó sus nudillos contra la ventanilla de la puerta del copiloto. Instintivamente aceleré y no me detuve hasta llegar a casa. Arturo, angustiado, me esperaba en la puerta. Al pasar junto a él, lo empujé con todo el desprecio que me inspiraba.

–¿Dónde están los niños? –pregunté. 

–Por favor, Rebeca, habla más bajo. No los despiertes. Siguen durmiendo como cuando te fuiste. Si quieres hablar con ellos, si quieres confesarles la clase de persona que soy, espera por favor hasta mañana. Son sólo unos niños. Dejémoslos dormir.

No sé de dónde la vino aquella idea a Arturo, porque jamás me pasó por la cabeza decirles a nuestros hijos que su padre era un sucio pervertido al que había encontrado horas antes masturbándose frente al monitor de la computadora, mirando pornografía.

–¿Sabes el asco que me das?

–No mayor al que me doy yo mismo –dijo cabizbajo. 

–Ay, Arturo, por favor.

–Rebeca…

–¿Qué quieres?

–Te am…

–¡Ni se te ocurra decirlo! ¡Ni se te ocurra!

Arturo se alejó como un perro acobardado.

–Rebeca…

–¿Ahora qué?

–Discúlpame.

–¿En verdad quieres que te disculpe?

Sus pupilas se iluminaron en redondo, esperanzadas, como las de un gato en noche plena.

–Entonces muéstrame la página que estabas viendo hace rato. 

–¿Estás loca, Rebeca?

–¡Qué me la muestres!

–No sé qué pretendes, amor, pero borré el historial cuando te fuiste.

Me dirigí entonces a la cochera. Abrí la cajuela del vehículo de Arturo y saqué su portafolio.

–La contraseña –dije secamente cuando volví a la sala.

–Mi amor… 

–¡Dame la contraseña de tu laptop! Pudiste haber borrado el historial de la computadora de la casa, pero no creo que lo hayas hecho de tu computadora personal. Seguro de que en ésta también miras porquería.

–Ahí sólo tengo documentos del trabajo.

No hubo necesidad de que le respondiera. Arturo no sabía mentir. Incluso cuando me compraba flores o algún presente, su sola mirada, su incipiente sonrisa que intentaba esconder, me revelaban de antemano que Arturo estaba por decir una mentira para después intentar alegrarme con una sorpresa fracasada. 

–Está bien, Rebeca. No te voy a engañar dos veces en la misma noche. Sólo te pido que no termines de dibujar en tu alma el retrato de esa persona repugnante que sin duda alguna ahora mismo crees que soy. Deja un espacio en blanco. Que las tinieblas no lo cubran todo… Rebeca, yo nunca te he sido infiel más allá del monitor, y aun en esos momentos (por más asco que te dé el escucharlo), aun en esos momentos, mi cielo, la única mujer en la que siempre he pensado es en ti.

No supe qué responder. Conozco a Arturo. No mentía.

–Dame la computadora, Rebeca –agregó pausadamente–: escribiré la contraseña.

–No, Arturo, la quiero escribir yo misma. 

–Es que es la misma contraseña que uso en mi correo.

–¿Ahora resulta que soy yo de quien se debe desconfiar?

–Al menos permite que yo no esté junto a ti. No soportaría la vergüenza. Ve lo que quieras aquí en la sala, pero yo me voy a la habitación.

–Está bien, Arturo.

Las palabras salieron de mi boca con una cadencia casi compasiva, sin sobresalto. Arturo tomó un bolígrafo y un papel en el que escribió la contraseña. Me lo tendió y en seguida se dirigió a nuestra habitación. Al subir las escaleras que dan al primer piso, sin voltear a verme, agregó con voz derrotada:

–Señor va con mayúscula.

No era necesario que lo precisara. En el papel que me había dado se podía leer claramente:

“gracias, Señor, por Rebeca”

 

3

 

La sala de mis padres es anticuada y pomposa, atiborrada de objetos inservibles que sólo acumulan polvo. La mayor de todas estas chatarras es el piano alemán, que hoy sirve como una estantería más que mi madre adorna con flores y fotos. Sé de sobra que ni en los Ordoñez, la familia de mi padre, ni en los Cuesta, la familia de mi madre, ha habido jamás gran admiración por las artes. Cuando yo tenía cuatro años, quizá cinco, mi padre le pagó a mi madre una institutriz de piano particular que durante algunos meses visitó con frecuencia nuestra casa. El recuerdo lo tenía olvidado hasta hoy. Mi madre nunca aprendió a tocar ninguna melodía. Ni siquiera “La cucaracha”. No me sorprende, como tampoco me sorprende no poder hallar en mi memoria una sola imagen de la institutriz sentada al piano. Después de lo que mi madre me confesara sobre mi padre, dudo incluso que aquella jovencita supiera tocar algún instrumento.

¿Ingenua? ¿Olvidadiza? No sé cómo juzgarme. Lo único seguro es que tras la muerte de Javier, mi hermano mayor, bloqueé todo recuerdo de mi infancia y adolescencia. A partir de ese día decidí no voltear atrás, vivir únicamente el presente, el ahora.

Javier murió en un accidente de tránsito a los diecisiete años de edad. Yo tenía doce años y Víctor, mi hermano menor, nueve. Javier estaba por entonces tratando de convencer a mis padres de que, al terminar la preparatoria, lo dejaran ir a la capital a estudiar danza. A mis padres, la sola idea de que uno de sus hijos se convirtiera en bailarín profesional los aterrorizó aún más de cuando Javier les confesó que no estaba tan convencido de la existencia de Dios. Aquella noche mi madre lloró a boca de jarro; mi padre le dio una bofetada por blasfemo, pero en seguida le invitó una copa de whisky. Nadie lo escuchó más que yo, pero mientras mi padre servía el whisky murmuró con cierto orgullo: “Ah, mi hijo se está haciendo todo un hombre.” En cambio, cuando supo de las intenciones de Javier por estudiar danza, sentenció tranquilamente, escondiendo su enojo:

–Yo sé cuál es tu enfermedad, muchacho, y gracias al cielo también sé cuál es la cura.

Tomó a Javier del antebrazo y lo llevó a la cochera; lo metió en el asiento del copiloto y, antes de subir él también al vehículo, le gritó a mi madre:

–No nos esperen para cenar.

En aquel momento, no dudé ni un segundo que mi padre llevaba a Javier al consultorio del doctor Mendoza, nuestro médico de cabecera…

Al volver, Javier se encerró en su habitación sin dirigirle la palabra a nadie. Mi padre encendió la televisión de la sala para ver las noticias del día. “Éstas son las que importan”, me dijo. Luego tomó el diario y hojeó sin mucho detenimiento. “Pero éstas, las dañinas”, concluyó.

Dos días más tarde un Camaro blanco último modelo relucía enfrente de nuestra casa. Hasta entonces, Javier únicamente había salido de su habitación para ir al baño o para tomar la bandeja con alimentos que mi madre dejaba en el pasillo, frente a su puerta. La última vez que Javier quiso llevar comida a su dormitorio, lo que encontró en la bandeja fueron las llaves del Camaro, el mismo que tres meses después lo conduciría a la muerte.

 

4

  

Yo quise para mi casa una sala moderna, elegante pero sin decoraciones inútiles. Creía que los fantasmas del recuerdo sólo podían habitar casas con olor a antiguo. Después de la muerte de Javier, como ya he escrito, decidí vivir en el aquí y el ahora. Pensé que era la mejor forma de ignorar el pasado y evitar así sus dolores. Sin darme cuenta, este estilo de vida me llevó a no madurar, incluso a retroceder y a vivir en un perenne estado de infancia. No reflexionaba el pasado, en consecuencia no prevenía el futuro. La situación económica nunca ha sido una dificultad en mi familia. Al contrario, somos una de las familias mejor acomodadas y con más prestigio en todo Huelelagua de los Llanos. Era feliz. Pero la mía era una felicidad ciega (quizá como todas las felicidades), ingenua, egoísta. Así viví hasta que encontré a Arturo mirando pornografía y masturbándose delante del monitor. Así viví hasta que mi madre me reveló la clase de marido que era mi padre. Así viví hasta que, en el trascurso de los siguientes meses, descubriría poco a poco la suciedad y podredumbre de mi ciudad. Y esta vez no me refería exclusivamente a sus ríos, desagües y formas de riego.

¿Quién, sino una “niña-adulta”, hubiera reaccionado de la manera en que lo hice al descubrir a Arturo frente al monitor? ¿Quién, sino alguien como yo, hubiera salido corriendo de su casa cubierta de sollozos en busca del consuelo de los padres, creyéndose víctima de la peor traición conyugal de la historia?

Con esto, aclaro, no estoy diciendo que no repugnara (y siga repugnando) lo que descubrí de Arturo; muchos menos, que yo haya experimentado la más mínima responsabilidad por su comportamiento. Lo que comenzaba a reprocharme era mi ceguera, tanto del pasado como del presente.

Y mi presente, entonces, era éste: mi marido –por lo demás una pareja atenta, amable y trabajadora– miraba pornografía a mis espaldas desde sabrá Dios hace cuánto tiempo. Eso por una parte. Por la otra, yo lo amaba, y estaba segura de que él también a mí.

Por eso le pedí su laptop a Arturo: más que averiguar qué veía, lo que yo quería era comprender por qué lo hacía, independientemente de que lo fuera a disculpar o no.

 

5

  

–Su marido es un depravado, hija mía. Y que el Señor me perdone la palabra.

–Ya lo sé, abad Higinio. Pero no es para hablar de él por lo que he venido.

–¿Entonces cuál es la razón de su visita?

En la calva encerada del abad Higinio danzaba el reflejo de las llamas de los candelabros. La iglesia de los conventos de Riva Salgado aromaba a rosas y azucenas. Yo había venido en busca del padre Rómulo, a quien tengo cierta confianza desde que era niña. Mis padres solían traernos aquí a mí y a mis hermanos a escuchar misa cuando el padre Rómulo aún la oficiaba. Después lo cambiaron de parroquia, como es normal, y le perdimos la pista durante muchos años, hasta que de pronto me enteré que había vuelto a los conventos de Riva Salgado, pero ya no como sacerdote en hábitos, sino como fraile retirado. Aun así, uno podía intercambiar dos palabras con él cada domingo, que es el día en que la iglesia y parte del convento (porque solamente uno de los tres conventos de Riva Salgado sigue fungiendo como tal) están abiertos al público. En esta ocasión, siendo entresemana, me fue negada la entrevista con el padre Rómulo. En su lugar, me atendió el abad Higinio, hombre robusto, de piel blanca, o mejor dicho amarillenta, como la vainilla. A diferencia de la mayoría de los monjes, el abad Higinio tenía siempre movimientos desenfadados y una sonrisa que –para ser sincera– yo calificaría de picarona.     

–¿Qué le inquieta, hija mía? –volvió a preguntar el abad– Espero poder brindarle la misma confianza que le inspira el hermano Rómulo.

–Por supuesto que sí –respondí sin convicción.

–Adelante, entonces. No dude en compartir conmigo su dolor y su secreto. Su marido es un depravado, ya lo he dicho, pero usted no debe sufrir por pecados ajenos. Será él quien le dé cuentas al Creador.

–No es eso, padre… ¿O debo llamarlo abad?

–Llámeme como guste, como le haga sentir más cómoda.

–Padre está bien.

–Padre entonces.

–Padre…

–Dígame, hija.

–¡Padre, no soy la única esposa que ha vivido una experiencia similar!

–¿Eso era lo que tanto la inquietaba, hija mía? Temo decirle que su descubrimiento, por desgracia, no me sorprende en absoluto. Son estos tiempos, sí, estos tiempos…

–¿Quiere decir, padre, que usted también sabe que muchas mujeres son engañadas por sus parejas mediante la pornografía que abunda en internet?

–¿Se refería usted exclusivamente al internet? La promiscuidad del hombre se sirve y se ha servido siempre de cualquier medio.

–Lo mismo me dijo mi madre.

–Muy acertada doña Hortensia, como de costumbre.

No era de extrañar que el abad Higinio conociese a mi madre, no sólo por la posición acomodada de nuestra familia, sino sobre todo por las donaciones anuales que mi padre hace a los conventos de Riva Salgado.

–Ya casi es mediodía –señaló de pronto el abad Higinio–. El coro de la congregación no tardará en venir a ensayar. ¿Le molestaría acompañarme al jardín?, no quisiera que disturbáramos a nuestros hermanos.

El abad Higinio me condujo al jardín, donde el resplandor del cielo, en contraste con la sobria iluminación de la iglesia, cegó mi vista por unos instantes. Tras un par de parpadeos, se reveló frente a mí un patio extenso sembrado de rosas y geranios. Al fondo, se divisaban huertos frutales y pequeños invernaderos. Algunos monjes podaban el césped, otros recogían peras y manzanas. Uno barría el camino empedado cerca de donde nosotros nos encontrábamos, otro venía entristecido sosteniendo algo entre sus manos.

–Es un pobre gorrioncillo –dijo éste al pasar a nuestro lado–. Se cayó de su nido. Esperemos que el hermano Fidel, que es muy bueno para este tipo de cosas, pueda hacer algo para salvarlo.

El monje se fue presuroso sin esperar nuestra respuesta.

–No se espante de que la traiga aquí. En teoría, sí, usted no debería entrar; pero en teoría también muchas cosas debieran hacerse en este país y no se hacen. Además, la suya no es en ningún sentido una visita ordinaria, la tomo como oficial, como si hubiera estado agendada. Ello y más se merece usted, en su honor y en el de don José.

Qué podía saber el abad del honor de mi padre. ¡Don José, don José!… De mi padre, por el momento, no quería saber nada. Si en otro tiempo estuve orgullosa de él, de su buffet de abogados y de su impecable servicio como funcionario estatal, ahora no podía ver en mi padre sino la desfachatez de un mujeriego que osaba traer sus amantes a la casa en que habitaban su esposa y sus hijos.

–Si entendí bien, hija mía –reanudó la conversación el abad Higinio–, lo que le inquieta no es la obscenidad de su marido, sino el adulterio en general.

–No precisamente, padre. Le decía yo que al descubrir… llamémosle el lado oculto de mi esposo; al descubrirlo, descubrí también que no era la única mujer que sufría por el mismo motivo.

–Si sólo fue eso lo que descubrió, no hay mucho de qué preocuparse –dijo el abad, casi con voz de alivio, dejando escapar una de esas sonrisas muy suyas.

En ese momento, el monje que barría el camino pidió disculpas por distraernos. “Debo recoger ese montón de hojas y hierba”, dijo, señalando discretamente con el dedo índice. El abad Higinio y yo dimos algunos pasos y continuamos la conversación.

–No lo tome a la ligera, padre –le dije–. Porque aún no llego a donde quería.

–Diga entonces, hija mía.

–¿Usted conoce Google?

–¿Y quién no, hija?

–Es que pensé que ustedes, estando aquí…

El abad mi miró con condescendencia, o eso espero. Yo proseguí:              

–En la barra de buscador de Google escribí “encontré a mi marido mirando pornografía en internet”. No sé por qué lo hice, pero el resultado fue inesperado. Me encontré con decenas de blogs y foros de opinión, centenares de testimonios de mujeres que pasaban o habían pasado por lo mismo que yo. No le digo lo que cada una de ellas opinaba por respeto a usted.

–¡Dígalo, no tenga pendiente! Recuerde que estamos en secreto, como en la confesión –interrumpió el abad.

–Leía aquellas experiencias y opiniones cuando de repente apareció en la pantalla una publicidad sobre, usted sabe, chicas del oficio.

–Prostitutas, querrá usted decir.

–Prostitutas, sí, padre.

–Bueno, y qué pasó después.

–La ventana se abrió por sí misma. Yo no quería mirarla, pero fue inevitable. Estaba por cerrarla cuando alcancé a leer “convierte tus fantasías en realidad: hay una chica esperando por ti aquí mismo en Huelelagua de los Llanos”.

–¿Eso decía el anuncio? 

–Sí, padre. Y entonces le di clic al anuncio.

–¿Y luego?

En efecto, la del abad Higinio era una sonrisa picarona.

–No podía parar ahí. Contacté a una de las chicas.

–¡Hija!

–No se alarme, padre, no se alarme. Sólo lo hice por curiosidad, por no seguir sumergida en la ignorancia, por saber un poco de lo que sucede clandestinamente en esta ciudad.

–Ay, hija mía… –dijo el abad Higinio, casi como si suspirara– No vayas a tomar el mal camino. Recuerda que la curiosidad mató al gato. Hay cosas que es mejor ignorarlas. 

–Pero, padre, ¿qué hacer una vez que han sido descubiertas? Yo vivía tranquila, sabiendo, sí, que los maridos infieles existían, que la prostitución es cosa cotidiana alrededor del mundo, pero aun así veía todo eso como algo muy, muy lejano. ¡Y sin embargo está aquí a la vuelta de la esquina, padre: literalmente está aquí a la vuelta!

–¿Qué quiere decir? –preguntó el abad con cierta preocupación.

–¿Sabe dónde me citó la chica que contacté, padre?

El abad Higinio se alzó de hombros.

–¡Aquí, a un costado de los conventos de Riva Salgado!

–¿Está usted insinuando algo, hija mía?

–No, claro que no, padre. Yo no insinúo nada. Después de todo, tras haberlo reflexionado, me pareció normal que las prostitutas cibernéticas de Huelelagua hicieran sus citas en esta parte de la ciudad.

–Explíquese bien, hija mía –dijo el abad en tono de orden.

–Piénselo bien, padre –le respondí–: toda la ciudad sabe que la zona de tolerancia de Huelelagua está en las afueras, a lo largo y ancho de la avenida Hidalgo. Esto ni yo misma lo ignoraba. Allá se da cita la gente que uno no quiere conocer, y allá también la policía hace sus rondines. ¿Pero aquí, padre?, ¿en este cerro que si bien ahora ya pertenece al centro de la ciudad, sigue siendo virgen a no ser por los conventos de Riva Salgado? Al pie de este cerro hay centenares de viviendas, sí, pero en sus faldas no habita nadie, sólo ustedes, y están enclaustrados. Ustedes no podían saberlo, no podían sospecharlo. Por eso he venido aquí, por eso quería platicar con el padre Rómulo. Quería advertirles.

–Quédese tranquila –dijo el abad Higinio, nuevamente sosegado–, la tentación, la maldad, han asediado siempre a los conventos, así como asedian día a día al espíritu de cada hombre. De todas formas le agradezco su confianza, aunque pienso que es a la policía adonde debió de haber acudido.

–¿Ha dicho a la policía?

–No me diga que usted también.

–No padre, yo no. Yo aún creo en ella. Pero le repito que era a ustedes a quienes quería advertir.

–Entiendo, hija, entiendo. Váyase tranquila. Y por favor, ya no se interese en el lado oculto y oscuro de la ciudad, como usted le ha llamado, no vaya a ser que se encuentre con algo que lamente de verdad.

Aquella sugerencia, lejos de apartarme de la búsqueda que había comenzado, la habría de incentivar aún más. Sobre todo cuando, tras despedirnos, alcancé a escuchar que el abad Higinio le decía en voz baja a uno de los monjes: Adelántate a mi oficina y trata de comunicarme con don José Ordoñez.

¿Qué tenía que ver mi padre en todo ello? ¿Para qué lo llamaba? Casi en seguida di con una posible respuesta. Cuando en aquel mediodía había llegado a las puertas de los conventos de Riva Salgado preguntando por el padre Rómulo, diciendo que había descubierto algo importante que tenía que platicar con él, mi petición no podía pasar inadvertida para el abad, por lo que él mismo decidió atenderme, no sin antes informar a mi padre que su hija se encontraba allí. Quizá el abad lo había hecho en deferencia a mi padre. Fuese como fuere, aquel acto me confirmaba lo que yo ya venía presintiendo: el abad Higinio no me inspiraba la misma confianza que el padre Rómulo.

Desandado el camino del jardín, el monje que barría se me acercó y dijo discretamente:

–Me parece que su merced ha dejado caer por distracción estos papelillos mientras conversaba con el abad Ingenuo, digo, Higinio.  

Puso entonces entre mis manos algunas hojas dobladas. Quise devolvérselas, decirle que no eran mías, pero él no me lo permitió.

–Léalas por favor, doña Rebeca Ordoñez Cuesta.

¿Por qué aquel monje conocía mi nombre y apellidos? Desconcertada, sin saber bien por qué lo hacía, guardé los papeles en mi bolso.

–No puedo hablar más con usted ahora. Soy el hermano Sebastián, por si volviera usted por aquí. Aunque más nos convendría a ambos que su merced usara el número de celular que le dejo escrito en sus papeles.

Al terminar de decir esto, aquel monje extraño y misterioso se dio media vuelta, evitando así cualquier respuesta de mi parte. Volvió a sujetar la escoba y siguió barriendo, silbando con regocijo lo que a mi parecer se trataba de alguna canción mundana.  

 

6

 

Salí de los conventos de Riva Salgado con la imagen de fray Sebastián en la cabeza. Tras subirme al carro, quise abrir de inmediato mi bolso para leer los papeles que el monje me había dado. Miré por casualidad o costumbre el reloj en el tablero del carro y me percaté entonces que me había olvidado completamente de mis hijos. Aventé el bolso al asiento del copiloto y conduje al colegio a toda velocidad, recriminándome por mi distracción.

Al llegar al colegio, noté que Mariana me esperaba sola.

            –¿Dónde está Francisco? –le pregunté.

            –Se fue con Beto.

            Mariana, mi hija menor, frecuenta el tercer grado de primaria; Francisco, el mayor, cursa el primero de secundaria.

            –¿Con Beto? –exclamé sorprendida– ¿Y te dejó sola? Francisco no me dijo nada anoche. No me avisó que hoy se iría a casa de su primo.  

Carlos Alberto, o Beto, es hijo de mi hermano Víctor y de su esposa Lorena Stefanoska… ¡Ah, la hermosa y simpática Lorena Stefanoska! Quizá sea ahora el mejor momento para escribir algunas palabras sobre ella y mi hermano.

La bellísima Lorena Stefanoska se vino de los Balcanes hace un par o más de lustros para terminar aquí su tesis doctoral sobre las culturas prehispánicas de Huelelagua de los Llanos. Víctor y ella se conocieron a causa de un litigio por unos terrenos en los que la empresa constructora que preside mi hermano pretendía alzar un gigantesco centro comercial. Apoyada por un grupo de arqueólogos nacionales y extranjeros, así como por diversas instituciones y casas de estudios, Lorena Stefanoska consiguió que el gobierno federal le retirara el permiso a la constructora de Víctor, además de permitir que Lorena y su equipo de trabajo continuasen estudiando los terrenos. Solamente había un problema. El problema de siempre. Ni el gobierno federal, ni mucho menos el estatal, disponían del presupuesto suficiente para financiar las investigaciones. Lorena Stefanoska estaba entonces por volverse a su tierra cuando pasó lo que nadie hubiera imaginado. Víctor convenció a los inversionistas de la constructora de patrocinar, es decir de cubrir gran parte de los gastos de las excavaciones arqueológicas.

Concebida inicialmente por mi padre como Ordoñez-Cuesta Constructores, la empresa se hubiera ido pronto a la bancarrota si Víctor no hubiese persuadido a mi padre de fraccionar y vender casi el total de la compañía para de esta forma atraer capital. Pasado algún tiempo, y solventados ya sus problemas financieros, la constructora cambió su nombre por el de Grupo ORCU, considerada actualmente como una de las empresas nacionales mejor apuntaladas y con mayor empuje.

En aquellos días del litigio con Lorena Stefanoska, Grupo ORCU no tenía mucho tiempo de haber adquirido ese nombre ni tampoco de haber zanjado sus dificultades administrativas. No era de extrañar por lo tanto que mi padre haya dado un grito furibundo cuando supo que Víctor había convencido a los inversionistas de malgastar millones de pesos en una inversión a todas luces infructuosa. Recuerdo que Víctor le pidió a mi padre hablar a solas con él. Se encerraron en el estudio por un lapso muy breve y, al volver a la sala, mi padre venía trasfigurado, satisfecho con las razones que Víctor le había planteado. Mi padre, siguiendo su predilección por el whisky, abrió una de sus mejores botellas y brindó con mi hermano. Después abrazó a mi madre y el asunto quedó resuelto. A instancias de mi propio padre, que quería informarse sobre los avances de las investigaciones arqueológicas, Lorena Stefanoska cenaba con frecuencia en nuestra casa. Siendo el presidente del Grupo ORCU, Víctor no podía faltar a dichas reuniones. En poco tiempo entendí que las pretensiones de Víctor no eran únicamente culturales, como de hecho jamás lo han sido. Mediante este ágil movimiento, Víctor logró hacerse poco a poco del amor sincero de la bellísima Lorena Stefanoska, amén de escamotear para Grupo ORCU el pago de ciertos impuestos.

Yo ya tenía entonces algunos años de casada con Arturo cuando supe que Lorena Stefanoska estaba embarazada de Víctor. Le propuse a Arturo que nosotros también intentáramos tener un hijo para que de esa forma nuestro hijo o hija tuviera más o menos la misma edad que su primo o prima. Nació Carlos Alberto; pasados un año y tres meses nacería Francisco. Cuatro años después tendríamos a Mariana.   

Una vez en el carro, le pregunté a Mariana si quería comer en casa o si prefería ir a algún restaurante. Me respondió que no sabía. La sentí triste.

            –¿Qué tienes, mi amor?

            –Nada.

            –¿Estás segura?

            –Sí.

No hacía falta ser su madre para saber que Mariana mentía. No pregunté más y conduje de vuelta a casa. Una vez ahí, mientras me disponía a servir la mesa, recibí la llamada de Lorena Stefanoska. Francisco había sido suspendido una semana de clases; Carlos Alberto, dos. Lorena me contó con detalle lo que había sucedido, pero aun así quise que Mariana me narrase su versión de los hechos.

            –¿Entonces no tienes nada, Mariana?

Mi hija negó con la cabeza. Los ojos se le cristalizaban haciendo un esfuerzo por no llorar, hasta que finalmente el llanto se desbordó como un dique incapaz de contener el caudal.

            –Mariana, mi amor, ¿por qué no me tienes confianza? Tenías que haberme dicho de inmediato lo que pasaba.

Mariana corrió a abrazarme. Yo continué:

–Ven aquí, mi cielo. Ya no llores. Yo no me iba a enojar. O quizá sí, pero nunca debes de ocultarme nada. Pase lo que pase, siempre, escúchame bien, siempre, siempre, debes de estar segura de que cuentas con tus padres, conmigo especialmente.

            Mientras le decía esto, le acariciaba el cabello. Le di un beso en la frente y ella lloró aún con más ímpetu.

–Ya no llores. Mira, vamos a terminar de comer y luego, ya con calma, me platicas lo que pasó.

–¿Pero no te vas a enojar conmigo?

–Ya te dije que no, mi amor.

–Ni con Francisco.

–Ni con Francisco.

–Ni con Beto.

–Tampoco con Beto.

–¿Me lo prometes?

Es tan bello y revelador para cualquier adulto ver qué tan seria puede ser la vida también para los niños.

–Sí, Mariana, te lo prometo. 

            –Francisco se peleó a golpes con un estudiante de tercero de secundaria.

            –¿Ah, así que eso fue? –por supuesto que yo fingía, pues Mariana no ignoraba que yo ya sabía todo lo que había sucedido– ¿Y por qué se peleó tu hermano?

            –Bueno, es que el de tercero de secundaria tiene un hermano que va en mi salón.

            –Ajá…

–El niño de mi salón tenía días molestándome. Mis amigas me decían que yo le gustaba, pero él lo único que hacía era burlarse de mí.

            –¿Y por qué no me lo habías dicho? ¿O a tu padre, o a algún maestro?

            –No lo sé.

            Mariana guardó silencio. Estaba a punto de volver a llorar y por ello dije:

            –No te estoy regañando, mi amor, pero quiero que ahora tú me prometas que esto no se va a volver a repetir nunca más.

–Te lo prometo, mami.

–Me refiero a que en lo sucesivo, siempre que alguien te moleste o que tengas un problema, debes de tenerme confianza, debes de hablar conmigo inmediatamente. Ahora fue esto, pero no quiero ni imaginarme lo que otras niñas llegan a callar por miedo. ¿Me has entendido, Mariana? Prométeme por favor que nunca más me ocultarás nada.

            –Sí, mami, te lo prometo.

 

 

 
 
 
 
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