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Flor de Tuna Cap 7 al 12
Una novela por entregas de Raúl Orrantia Bustos
 

7

 Arturo me ama, de eso no tengo duda. Quisiera olvidar, dejar atrás lo que descubrí de él, pero no puedo. Simplemente no puedo. Y sin embargo, de tanto repetírmela y repensarla, empieza a causarme menos náusea la única explicación que me dio la noche en que lo descubrí frente al monitor: “Cuando miraba esas páginas, Rebeca, en mi mente sólo estábamos tú y yo.”

Contrario a lo que creí en un primer momento, aquella no había sido una excusa irreflexiva. Arturo es una persona amable y mesurada, pero también demasiado tímida. Nunca ha contradicho ninguna de mis decisiones. La primera y la última palabra las tengo siempre yo. Como marido, hasta antes de nuestro problema, tal vez lo habría calificado de intachable; ¿ahora debería tacharlo de pervertido?

Obtuve una posible respuesta del mismo medio del que Arturo obtenía sus imágenes obscenas: el internet. A la par que descubría que yo no era la única esposa en el mundo con este problema marital, me enteraba también que había varios tipos de consumidores de pornografía. Iba desde el dependiente al visitante esporádico, del experto al curioso. Además, tras mis frecuentes visitas a los foros de opinión en internet, llegué a la firme sospecha de que alrededor del mundo, en la vida pública, las relaciones conyugales obedecen a diferentes reglas y tradiciones y por ello mismo se diferencian de una sociedad a otra, pero que, en lo íntimo, los matrimonios no se distancian notablemente: a la mayoría de los hombres les gustaría estar con sus parejas a cualquier hora y en cualquier lugar. En esto sí que no encontré divergencias remarcables entre todos los comentarios que leí: no hay marido sin fantasías, sin deseos. Algunos, por supuesto, intentan realizarlos; otros, los acallan. 

Arturo era uno de estos últimos. Mi situación se parecía mucho a la de una mujer española: 

“De qué me puedo quejar, tías, que nosotras algunas veces tenemos algo que ver; que en ocasiones andamos por ahí en la vida exaltando las virtudes y los recatos que nos vienen de nuestras madres y abuelas, y ahora que estoy en su lugar, dudo mucho sinceramente que nada de lo que nos decían era cierto, que sus puñados de hijos les habrán valido al menos un gusto, ¿no os parece? No digo tampoco que gozaran de las mismas libertades e igualdades que una mujer de nuestros días, pero, vamos, que en mi caso me había creído la gilipollada esa de los príncipes azules que sólo dan besos y te abrazan por las noches con mucho respeto y cariño antes de dormir. Llamadme tonta si queréis, que ya me lo he dicho yo misma bastantes veces. La cosa está en que ni mi marido ni yo éramos felices. Haberlo pillado frente al ordenador, mirando las cosas que vuestros maridos también miran, nos llevó, claro, primero a la riña y a las amenazas de abandono, pero hablando se entiende la gente… y eso era lo que le faltaba a mi matrimonio: comunicación, mucha comunicación. Y buen sexo (o llamadle amor o como queráis); lo que es de mí, yo ya no me trago las moralejas de la abuela. En mi hogar faltaba la chispa del deseo; o mejor dicho, el deseo estaba pero jamás la realización. Él no se atrevía y yo mucho menos: el uno ignoraba los pensamientos y apetitos del otro. Nos carcomía por dentro el qué dirá, el qué pensará de mí mi pareja si yo… ¿me entendéis? Mirad que no estoy ni culpando ni mucho menos absolviendo a mi marido: simplemente, tías, lo pasado lo hemos dejado ahí, en el pasado, y hoy puedo decir con alegría y satisfacción que disfrutamos cuanto queremos, cuando ambos queremos, y sin remordimiento alguno…”  

Leer este comentario hizo que me cuestionara qué papel jugaba yo en todo esto. No en cuanto a sentirme culpable, porque ya he escrito en otra parte que ese sentimiento jamás lo experimenté, y porque aún pienso que lo que hacía Arturo no era de ninguna forma aceptable. Lo que en realidad estoy tratando de decir aquí es que, tras leer aquel comentario en internet, empecé a preguntarme a mí misma si con la vida sexual que Arturo y yo llevábamos hasta entonces yo era feliz. Porque, evidentemente, Arturo no lo era.

 

8

Mi conflicto con Arturo estaba lejos de resolverse. Me refiero a que con él, en la casa, las cosas marchaban casi nuevamente como antes, y eso era precisamente lo que me preocupaba: no estaba segura de que, volviendo a la vida previa, fingiendo ambos que nada había ocurrido, no se repetiría el incidente. Claro está que Arturo era libre de hacer lo que quisiera, como yo también lo era de decidir si continuaba con él o no.

Pese a las horas y días que había pasado en internet buscando una respuesta, una curación milagrosa, la herida de sentirme traicionada, engañada por mi marido, volvía a abrirse con frecuencia. Cuánto me hubiera gustado que en mi caso las cosas se hubieran resuelto tan rápido y de manera tan sencilla como lo relataba la mujer española, pero la realidad es que, luego de haber indagado a fondo cómo soy, concluí que quizás me asemejaba más a su abuela o a su madre que a ella: jamás he creído en príncipes azules, pero en mi concepción del amor tampoco ha cabido nunca la intimidad como simple sexo, como simple acto físico… para mí era eso, y algo más.

Aunque aquella noche de la pelea en el colegio de los niños Arturo y yo platicamos de buena forma sobre la riña, nuestros hijos, Carlos Alberto y otros sucesos del día, el tema de nuestra intimidad siguió siendo tabú.

A la mañana siguiente, incómoda y molesta conmigo misma por no haber sido capaz de platicar con Arturo sobre lo que realmente me inquietaba, hice lo que ya empezaba a hacérseme costumbre: pasar horas enteras en internet.

Casi todas las mañanas, después de que los niños se marchaban al colegio y Arturo al trabajo, yo me dirigía a la computadora. Buscaba y leía sobre una infinidad de temas diversos. Como me había sucedido respecto a Arturo, escribía en Google o en otro buscador cualquier palabra o frase que me interesara y en seguida me ponía a explorar las páginas que arrojaba el buscador.

Escasos días antes del pleito de mis hijos en la escuela, el telenoticiero matutino había informado sobre la muerte de un joven en el zoológico estatal. El joven, al parecer un estudiante universitario, había saltado a la jaula de los tigres movido por alguna idea insensata o bajo el influjo de alguna droga. Aunque visitantes y cuidadores intentaron socorrerlo, arrojando toda clase de objetos a los tigres y disparándoles dardos tranquilizantes respectivamente, las bestias no pudieron frenar sus instintos asesinos e hicieron de su víctima parte de su platillo diurno.

Estas últimas palabras no son mías, lo que acabo de escribir es más o menos lo que dijo el locutor. Puntualmente, recuerdo la última frase “hicieron de su víctima parte de su platillo diurno”. Ahora que la transcribo, la encuentro inapropiada, ofensiva, inhumana. ¿Acaso el locutor no se conmovía en absoluto por la noticia que daba? Ya sé, el periodismo debe ser objetivo e imparcial (pero en Huelelagua de los Llanos este principio ha sido siempre mera teoría). Sea como fuere, la frase no dejó de resonar en mi cabeza… y las imágenes que no se habían transmitido en televisión, inconscientemente las busqué en internet el día siguiente del altercado de mis hijos en el colegio.

Y digo inconscientemente porque, sin pensar bien lo que buscaba, lo que quería encontrar aquella mañana, no titubeé un instante al escribir en la barra del buscador de internet: “joven universitario muere por ataque de tigres en Huelelagua”. Las primeras páginas que aparecieron fueron las de los mismos diarios televisivos de circulación nacional, seguidas por las de los periódicos estatales. No tardé mucho en encontrar el así titulado “video de la tragedia del zoológico de Huelelagua”. Lo había grabado un visitante con su teléfono celular.

Mi mirada estaba fija en el monitor. El trino de las golondrinas, que siempre han hecho nido en nuestro jardín, llegaba hasta el estudio, donde yo me encontraba. En ese momento la luz del sol me pareció un intruso indiscreto. Me levanté entonces para cerrar la puerta y las ventanas. Corrí las cortinas. Por alguna razón que desconozco, aquella semioscuridad me reconfortaba. 

Volví a la computadora. Abrí el video.

 

9

¿Por qué había buscado más información sobre la muerte del joven universitario en zoológico de Huelelagua? Y sobre todo: ¿por qué había visto aquel escalofriante video? Aún no logro dar con una respuesta convincente. Lo que es indudable es que, por algunos días, no quise tocar la computadora. Bajé rápidamente a la cocina para beber un poco de agua. Fue entonces cuando vi mi bolso colgando del perchero del pasillo y recordé que en ella aún guardaba los papales que fray Sebastián me había dado. Al tomarlos, lo primero con que me encontré fue con la caligrafía grande y cursiva de fray Sebastián:

Disculpará usted, doña Rebeca Ordoñez Cuesta, que me permita escribirle en estos papeles que casualmente llevaba hoy conmigo y que no son sino la historia legítima de este recinto. Me fue inevitable escuchar su conversación con el abad Higinio (a quien prefiero llamar Ingenuo, aun a sabiendas de que de ingenuo no tiene un pelo).

Doña Rebeca Ordoñez Cuesta, usted únicamente ha descubierto una pequeña parte de lo que sucede extramuros del convento. Si no le teme a la verdad, si sabrá callarla hasta que algo verdaderamente significativo se pueda hacer con ella más allá de perder, en mi caso, la orden religiosa, y, en el suyo, quizá algo más que el renombre de su apellido, la invito a que me contacte, con la debida discreción, a este número de celular. Fray Sebastián.

¿Qué quiere este fraile de mí?, me pregunté. En ese momento, habría jurado por todos los santos de Huelelagua que yo jamás buscaría a fray Sebastián. ¿Qué conexión hubiera podido tener alguien como yo con un religioso?

Mi resolución de tomar por loco disparatado a aquel fraile no evitó que yo leyera el resto de las hojas. En ellas yacía un texto manuscrito de diminuta letra de molde, plagado de glosas y tachaduras, firmado por un tal Ariel Franco Figueroa.

He aquí mi trascripción de lo que contenía el manuscrito:     

Los conventos de Riva Salgado, como la catedral misma de Huelelagua de los Llanos, fueron construidos con piedras de las antiguas pirámides que se alzaban en la zona. Allá por el año de 1634 desembarcaron en Puerto Bonito dos galeones cordobeses. En uno de ellos venía a bordo el apuesto misionero fray Tomás Chico, joven de cuerpo musculoso aficionado a las mujeres y al trago. En Sevilla lo conocieron como El Matalascallando o El Cuatro Vidas, en proporción de las veces que alguien más había pagado con la suya los delitos cometidos por Felipe Hurtado, verdadero nombre de fray Tomás Chico.

         Al desembarcar en Puerto Bonito, el presunto hermano de la caridad bendijo la ciudad de la manera que mejor sabía hacerlo: dejando encinta a dos sirvientas de la posada en la que se había hospedado y robando las reliquias y el dinero de varias parroquias. Escapó sin rumbo fijo propagando sus bendiciones a discreción por los pueblos y ciudades que dejaba a su paso. Al llegar a Huelelagua de los Llanos, que no era entonces ni el polvo de la ciudad moderna que es ahora, fray Tomás Chico encontró asilo en el convento de Las Hermanas Piadosas.

Al poco tiempo, agotado ya en todas sus potencias, temeroso de no sobrevivir a aquel ritmo frenético de tareas místicas y obligaciones litúrgicas, fray Tomás Chico decidió escapar de las manos de las hermanas piadosas y erigir su propio convento, so argumento de poder así derramar sus bendiciones a más feligresas. Cuando las hermanas se enteraron de sus intenciones lo amenazaron con revelar al mundo los dones ocultos de fray Tomás Chico si atrevía a abandonarlas. Él pretextó que lo hacía para hacerse de más propiedades para ellas y que por ello construiría su convento a pocos metros del de Las Hermanas Piadosas; de esa forma, él estaría a su alcance para socorrerlas en cualquier apuro o aflicción.

         El convento fue construido por los indígenas de Huelelagua y de sus alrededores, en cuyo pago recibieron floridos azotes y la bendición de algún nieto mestizo (lo cual sí era una auténtica bendición, dada la rigurosa división social por castas de la época, válida de una u otra forma hasta nuestros días). Fray Tomás Chico no viviría para ver su obra terminada, pues ciertos curas de alma honrada y auténtico espíritu cristiano (que por desgracia ni ayer ni hoy han sido muchos en Huelelagua) descubrieron la verdadera identidad de Felipe Hurtado.

Amparado por el llanto sincero de las hermanas piadosas, que calificaban de calumnias todo lo que se decía de él, fray Tomás Chico, otrora Felipe Hurtado, fue fusilado por las fuerzas reales. Enterado del caso, el arzobispo ordenó la inmediata suspensión de las labores de edificación del nuevo convento, más no las de la recaudación de fondos que para su causa se llevaba a cabo por toda la colonia. Después de haberse hecho él mismo de extensas propiedades, el mismo arzobispo ordenó la construcción de un tercer convento de dimensiones colosales justo enfrente de los otros dos a fin de hacer olvidar las andanzas e inmoralidades de Felipe Hurtado. Años más tarde, cuando el nombre de fray Tomás Chico había sido borrado de la memoria colectiva de Huelelagua, alguna autoridad visionaria de la Iglesia ordenó que se retomara la construcción que Fray Tomás Chico había comenzado tiempo atrás. Fue así como nacieron los famosos “Conventos de Riva Salgado”, de quien aún no he dicho nada pero que fue el único mártir real en estos hechos.

La Iglesia de Huelelagua de los Llanos mucho se vanagloria en nuestros días del bondadoso monje español Modesto de Riva Salgado: de su amor por los indígenas y de su lucha incesante por la justicia social y el amor entre los hombres, pero no hace nada por atender y enmendar las críticas que él denunciara en su tiempo, así como tampoco lo hicieron las autoridades eclesiásticas de entonces. 

Modesto de Riva Salgado llegó a Huelelagua a finales del siglo XVIII. No tardó en horrorizarse y combatir los abusos cometidos contra los indígenas, los mulatos y la mayoría de los mestizos. Su pecado fue identificarse con los humillados y ofendidos; su herejía, creer en la Palabra. Amén de varios azotes y escupitajos en el rostro, Riva Salgado fue excomulgado en una sesión extraordinaria abierta al público y trasladado a la cárcel de la ciudad en medio de una atmósfera entremezclada de injurias y lamentos. Allá lo fue a visitar el arzobispo esperanzado en que la oveja descarriada hubiese regresado al sendero de la cordura. Sin embargo, trasgrediendo toda norma de respeto, Modesto de Riva Salgado no sólo no quiso claudicar de sus denuncias y pensamientos religiosos, sino que inclusive no reverenció al arzobispo como era debido: cuando éste entró a la celda, Riva Salgado permaneció sentado, “altivo”, según el juzgar del propio arzobispo, quien al dejar la cárcel de Huelelagua ordenó que, “visto que al pecador tanto le gustaba estarse en su silla”, así permaneciera hasta el fin de los tiempos. La orden fue ejecutada de inmediato, aun cuando la Iglesia presuntamente no tenía competencia jurídica (pero sí administrativa) en los quehaceres de la colonia. Modesto de Riva Salgado pasó los pocos meses que le quedaban de vida atado a su asiento. Allí dormía y comía, allí también defecaba. Cada semana un vigilante se encargaba de limpiar las heces del monje español mediante cubetazos de agua helada, hasta que por fin alguien se dignó en hacerle un orificio a la silla a fin que la atormentada alma de Riva Salgado pudiera descansar en paz cuando fuere necesario.  

En Huelelagua de los Llanos se ha querido borrar de la historia (con éxito avasallador, por cierto) que a Modesto de Riva Salgado fue necesario construirle un ataúd especial en forma de silla, pues, una vez muerto, por más que lo intentaron, nadie pudo brindarle al cuerpo una posición diferente. Siguiendo su tradición milenaria, la Iglesia nombraría mártir a quien en vida ella misma había despreciado. Para entonces, el nuevo arzobispo en turno descubrió con buenos ojos que indígenas y mestizos comenzaban a rendirle culto secretamente a Modesto de Riva Salgado. Sin ser canonizado aún, el pueblo moldeaba ya estatuillas del monje y mártir español y las posaba sobre adornos florales a la luz de pequeñas veladoras. El nuevo arzobispo se encargó de que la producción de las estatuillas estuviera estrictamente bajo la jurisdicción de la Iglesia e hizo aparecer, quién sabe de dónde, una reliquia milagrosa perteneciente a Riva Salgado que fue colocada en un rincón de la catedral de Huelelagua de los Llanos, donde los feligreses podían visitarla y depositar, según su voluntad y posibilidades, limosnas para su cuidado y manutención. No fue sino ya entrado el siglo XIX, tras las luchas de independencia que se dieron en todo el continente, que la reliquia de Modesto de Riva Salgado fue reclamada por ciertos frailes de Huelelagua bajo el argumento de que Riva Salgado no había sido un sacerdote sino, en efecto, un monje de su congregación. Para arreglar el conflicto, las autoridades eclesiásticas decidieron no concederle la reliquia ni a unos ni a otros, sino ponerla al cuidado de las hermanas piadosas, quienes la tuvieron a su resguardo hasta el cierre del convento tras las continuas violaciones, raptos y fugas de monjas que hubo durante la revolución, ya iniciado el siglo XX. El ex convento de Las Hermanas Piadosas pasó momentáneamente a manos del Estado para después regresar, como museo, a las arcas de la Iglesia, tal y como lo conocemos ahora.  

Los otros dos monasterios siguen funcionando hasta nuestros días: uno abierto parcialmente al público para la venta de diferentes artesanías, fruto del trabajo de los monjes, y para la celebración de misa de cada domingo; el otro es exclusivamente de aislamiento y meditación.

Quizá está de sobrar concluir que la gente de Huelelagua de los Llanos se refiere hoy en día indistintamente a estas tres construcciones como a los conventos de Riva Salgado.

 

10

 

El mensaje de fray Sebastián me había dejado indiferente, mas no así el manuscrito sobre la historia de los conventos de Riva Salgado. Jamás en mi vida había escuchado los nombres de fray Tomás Chico ni el de Felipe Hurtado. Sobra decir que no pasó mucho tiempo para que me sentara frente a la computadora, curiosa de indagar sobre el tema. Sin embargo, la información que encontré en internet, además de escasa y breve, divergía notablemente entre sí. No sólo en las fechas, que quizá después de todo no era lo que más me interesaba, sino en la historia misma. En cierta página web de autor anónimo no se decía nada respecto a que Felipe Hurtado hubiera sido un ladrón y un mujeriego; por el contrario, en ella se señalaban las virtudes de un hombre íntegro, defensor notable del Catolicismo frente a la amenaza latente del Protestantismo holandés. Según este sitio de internet, Felipe Hurtado habría nacido al menos tres cuartos de siglo antes de los acontecimientos relatados en el manuscrito de Ariel Franco Figueroa en un pequeño poblado cerca de Brujas, en la actual Bélgica, cuando aún estaba bajo el dominio español de Felipe II. Tras defender la fe católica contra los protestantes holandeses, Felipe Hurtado habría viajado efectivamente a Córdoba y de allí a la Nueva España, donde nunca dejaría de luchar a favor de la Santa Iglesia Romana. En esa misma página se decía muy poco de Modesto de Riva Salgado. No se negaba que él había sido un mártir protector de indígenas, mestizos y mulatos, pero no se especificaba tampoco de quiénes había sido mártir ni mucho menos se hacía referencia a la forma especial en la que su féretro hubo de ser construido.

            La mayoría de los sitios de internet que trataban sobre los conventos de Riva Salgado omitían por completo la historia de Felipe Hurtado o fray Tomás Chico. En un par de libros de memorias, resultado de sendos coloquios de historia, se citaba el nombre de fray Tomás Chico, pero al intentar consultarlos me hallé con el contratiempo de que a uno le faltaban capítulos enteros, incluyendo las páginas que hubieran podido interesarme, y el otro simplemente no abría el enlace o hipervínculo.

            En ese momento yo no me había dado cuenta aún, pero ahora que lo escribo, después de todo lo que he descubierto de Huelelagua de los Llanos, estoy convencida de que fue entonces cuando empecé a desconfiar de la información que se halla en internet. No estoy diciendo que toda ella sea falsa, porque en realidad me parece que uno encuentra sobre todo cosas ciertas en la web. La cuestión más bien radicaba en cómo saber si lo que uno lee allí es falso, verídico o, en todo caso, medianamente falso o medianamente cierto. Porque, tras haber consultado aquella página de internet acerca de la historia de Felipe Hurtado, veía frente a mí al menos cuatro posibilidades: 1) que el manuscrito de Ariel Franco Figueroa decía la verdad y la página de internet mentía; 2) que la página de internet decía la verdad y el manuscrito mentía; 3) que tanto el manuscrito como la página de internet mentían; 4) que tanto el manuscrito como la página de internet contenían verdades y mentiras. Lo más sensato, en ese instante, fue inclinarme por la última posibilidad, pero aun ésta contenía otra interrogante: si tanto el manuscrito como la página de internet contenían falsedades y hechos verídicos, ¿qué texto se acercaba más a lo que realmente había pasado y cuál al embuste? Además, quedaba la pregunta de si el autor era consciente de sus aciertos y errores, de si se habían ocultados, omitidos, trocados o retocados algunos acontecimientos deliberadamente, ya sea por iniciativa propia o por censura de terceros… ¿y por qué?

Recuerdo también que más tarde, acordándome precisamente del caso de fray Tomás Chico, habría de preguntarme –mi vida ya se había vuelto una gran interrogante para entonces– si las dificultades para recuperar la historia de lo que realmente había acontecido hace cientos de años, no serían exactamente las mismas con las que uno se enfrenta al indagar sucesos más recientes o incluso el pasado inmediato y el presente. Cabía la posibilidad de que fuera aún más complicado saber lo que verdaderamente sucedía en el presente, ya que los hechos podían ser encubiertos, enmarañados, minimizados y/o acallados inmediatamente después de acontecidos. Concluí que la dificultad para conocer “la verdad histórica” (llamémosla así) sobre cualquier suceso era proporcional a la facilidad con que dicha verdad podría ser escondida o distorsionada y finalmente perdida u olvidada.   

 

11

 

Las preguntas que comenzaba a hacerme a mí misma, mis búsquedas y descubrimientos en internet, mi visita a los conventos de Riva Salgado y el encuentro con fray Sebastián era asunto que guardaba con recelo. No podría decir sin temor a equivocarme si en aquellos días yo no quería contárselo a Arturo o si únicamente no sabía cómo explicárselo. Lo que sí es un hecho es que a las pocas semanas de mi visita a los conventos de Riva Salgado se celebró el tan anunciado acuerdo entre Grupo ORCU, el gobierno estatal y la Agrícola Garza-Reyes, de don Nicolás. El documento firmado ratificaba el compromiso tripartito de impulsar el desarrollo agropecuario del estado. Con financiamiento del erario público, Grupo ORCU construiría puentes y carreteras para conectar nuestras zonas agrícolas y ganaderas con las de los estados colindantes, así como el nuevo edificio de la Secretaria de Desarrollo Agropecuario con sede en Huelelagua de los Llanos. Por su parte, la Agrícola Garza-Reyes dotaría de capacitación y tecnología a los pequeños agricultores de la entidad, en una asociación de producción e inversión mutuas que aún no termino de entender, pero que la prensa regional consideraba una acción sin precedentes que sin duda reactivaría la economía de este sector.

            El evento tuvo lugar al mediodía del sábado en el Palacio de Gobierno. Tras despachar pronto a los periodistas, que no cejaban en su intento por entrevistarlo, mi hermano recordó al gobernador y a su equipo de trabajo, así como a don Nicolás y a su gente, que estaban todos invitados a una comida de celebración en la lujosa casa de campo que Víctor se había construido a las afueras de Huelelagua. Por supuesto, Arturo, los niños y yo estábamos invitados.

            Cuando llegamos a la comida, además de Víctor, Lorena Stefanoska y Carlos Alberto, ya estaban presentes mis padres y don Nicolás con su nueva esposa, una jovencita de veintidós años, bellísima. Los niños, apenas vieron a su primo, corrieron hacia él. Casi al instante volvieron los tres juntos para pedirnos permiso, o mejor dicho para avisarnos que irían al cuarto de Beto a jugar videojuegos. Yo experimenté una alegría y un sosiego indescriptibles al mirarlos a los tres juntos caminar como lo que éramos: una familia unida, bajo la sombra de los altos pinos y araucarias del jardín, envueltos por los aromas del verano y de la barbacoa que ya se calentaba en los hornos. Arturo y yo apenas tuvimos tiempo de saludar y felicitar a mi hermano. Él agradeció nuestra presencia y se disculpó por tener que dejarnos solos aquella tarde.

            –Pero saben que están en su casa, Rebeca –nos dijo, y enseguida se fue a recibir al gobernador, que en ese momento entraba al jardín acompañado de funcionarios y escoltas encubiertos.  

            Desde el día en que había ido a casa de mis padres para revelarles lo que había descubierto de Arturo, no había vuelto a verlos: la desilusión que en mí había nacido hacia mi padre seguía viva. Fue en aquel sábado cuando, al mirarlos a lo lejos, sentados a la mesa el uno junto al otro, conversando amenamente entre sí, me pareció entender que cada matrimonio encontraba su propia forma de solucionar o sobrellevar sus problemas, y que yo no tenía ningún derecho de juzgarlos como pareja, sino únicamente como lo que eran respecto a mí: mis padres, y en ese sentido habían y han sido siempre impecables.

Me acerqué a ellos y los abracé. Arturo se había quedado un poco a la distancia, temeroso. Aunque yo no le había dicho a dónde había ido la noche en que lo descubrí mirando pornografía, ni él tampoco lo había preguntado, ambos dimos por sentado que él lo dedujo.  

            –No se quede ahí atrás, muchacho –gritó alegre mi padre–, venga a darle un abrazo a sus suegros.

            En ese momento Lorena Stefanoska se acercó también para saludarnos a mí y a Arturo. Nos preguntó a todos si estábamos cómodos con la mesa que Víctor había escogido para nosotros o si deseábamos cambiarnos de lugar. Mi padre respondió que cualquier decisión que Víctor tomara estaba bien para él. Lorena se volvió entonces por donde había venido, llevando consigo esa sonrisa sincera que siempre la acompañaba. Debajo de su elegante pero sobrio vestido blanco, se podía adivinar un cuerpo esbelto y bien torneado. La erudición, en ella, no estaba peleada con el deporte. La imaginé a un mismo tiempo, a una velocidad sólo posible en la mente, jugando tenis, su deporte favorito, y leyendo libros y revistas de arqueología, descifrando jeroglíficos prehispánicos y repartiendo raquetazos a diestra y siniestra. No se había alejado de nosotros más de quince metros cuando de pronto se giró hacia mí e hizo un gesto con la mano para que yo la alcanzara.

            –Arturo –dije–, te dejo un segundo con mis padres. Vuelvo en seguida.

            Una vez a su lado, Lorena me pidió en voz baja, casi susurrándome al oído, si podía acompañarla a su casa, la de todos los días, en Huelelagua.

            –Tengo que guardar los documentos que Víctor firmó hoy.  

            Era inevitable que me preguntara si realmente debía de hacerlo en ese preciso instante, si no podía postergarlo o si, en última instancia, no podía guardarlos por lo pronto en la casa de campo. Ella pareció entender mi desconcierto, por lo que agregó:

            –Yo tampoco entiendo los negocios ni las manías de tu hermano, pero acepto que le han funcionado. Como cualquier empresario, tiene la costumbre de guardar meticulosamente cada documento que firma. Los archiva por fechas, por el tipo de trabajo que emprende y, principalmente, según los apellidos y cargos gubernamentales de quienes también hayan firmado el documento. El archivo original lo tenemos en casa, aunque todo mundo piensa que está en las oficinas centrales de Grupo ORCU. También tenemos resguardos aquí en la casa de campo, en casa de mis suegros y uno más en dónde sólo Víctor sabe. Es secreto inclusive para mí.

            Al oeste de Huelelagua de los Llanos se alza la cordillera montañosa del estado. En tiempo de lluvia, bajan de ella riachuelos de agua limpia y fresca que desembocan kilómetros adelante en el gran canal de la ciudad, de aguas tóxicas e inmundas, mismas que el gobierno prometió limpiar para su uso agropecuario y que, como he escrito muy al inicio de mi narración, don Nicolás ya utiliza para irrigar sus parcelas, aun cuando las plantas de tratamiento no han sido terminadas de ser construidas. En eso pensaba yo al mirar el paisaje por la ventanilla de la camioneta blindada que Lorena conducía.

            –Muchas gracias por acompañarme, Rebeca. La verdad es que no quería ir sola.

            –No es nada.    

            Yo seguí mirando por la ventanilla del copiloto los pinos y oyameles de la sierra, envueltos allá a lo lejos, en lo alto, por una cortina de niebla que parecía bajar velozmente hacia nosotros.

            –Es hermoso, ¿no? –dije sin reflexionar en mis palabras.

            –¿Qué cosa?

            –El bosque, la sierra.

            Se me antojó entonces respirar ese aroma a humedad y a resina. Quise bajar la ventanilla para empaparme de aquel aire, pero Lorena lo impidió amablemente con una de sus mejores sonrisas acompañada de un:

            –Mejor no.

            No era necesario que lo explicara. Mi vida y la de ella no podían ser las mismas. Aunque de vida holgada, sin dificultades económicas, mi presupuesto estaba lejos, muy pero muy lejos de ser el mismo que el de ella y mi hermano. Supongo que Víctor es millonario. Y escribo supongo porque en verdad no lo sé. Durante mi infancia, mi padre fue –digámoslo así– modestamente rico; lo que después él y Víctor lograron monetariamente con Grupo ORCU es algo que está fuera de mis cálculos y entendimiento.

 

12

 

Al llegar a casa de mi hermano, una mansión de corte moderno ubicada en la exclusiva colonia de Las Cochinillas, un anciano encorvado por los años nos recibió en la puerta. Vestía overol de mezclilla y sombrero de paja. Supuse que, pese a su edad, además de conserje fungía de jardinero. La casa de campo de Víctor la conozco muy bien, pues ahí suelen celebrarse las fiestas de la familia; en cambio, su casa de Huelelagua la había visitado en contadas ocasiones y casi siempre de prisa. Ésta fue una de las causas por las que me alegró saber que, tras el conflicto en el colegio, Carlos Alberto había invitado a jugar a mi hijo. Claro que en ese momento yo ignoraba lo del pleito.

            –Me parece que desde hace mucho tiempo que no nos visitabas, Rebeca –dijo Lorena mientras caminábamos por el jardín. No los visitaba por la sencilla razón de que ellos no nos invitaban. No dije nada porque sabía lo buena gente que era Lorena y que su comentario había sido sincero, espontáneo, como toda ella.

            Una vez en el interior de la casa, una jovencita posiblemente de quince o dieciséis años saludó a Lorena con respeto pero sin formalidades y preguntó si deseábamos algo.

            –Dile a Berta que por favor me prepare un licuado de piña con apio. ¿Tú qué quieres beber, Rebeca?

            –¿Cómo? –respondí distraída.

–Que si gustas tomar algo.

–No, no gracias. Estoy bien.

Mi vista se paseaba curiosa por la sala y el comedor. Recordaba diferente la casa de mi hermano. Lorena adivinó mi sorpresa, por lo que dijo:  

            –Sí, Víctor y yo hemos hecho algunas remodelaciones. El piso es nuevo; también destruimos las dos habitaciones que se encontraban en esta planta para ampliar la sala. Únicamente dejamos los baños. Los vitrales de la escalera fue idea mía, así como las ventanas corredizas en vez de muros. Ya sabes, para aprovechar más la luz del día.

            –Ah, entonces aquí es donde lees –dije ingenuamente, asumiendo que era lo mismo leer novelas y cuentos esporádicamente, como yo lo hacía, en la comodidad de un buen sofá, que ser una investigadora académica.

            –No, no, no, Rebeca –respondió sonriente Lorena, llena de amabilidad– mi estudio lo tengo arriba. ¿Quieres verlo? Te advierto que es un desastre.

            –Por mí está bien, si no te molesta.  

            –Vamos entonces, sólo no te asustes –luego, murmurándome al oído, añadió–: ahí es donde guardamos el archivo de Víctor. Nadie en la casa puede entrar a mi estudio, y Carlos Alberto lo sabe bien: está absolutamente prohibido que toquen y me revuelvan mis papeles. Sé perfectamente dónde dejo cada cosa y cómo acomodo mis libros. Únicamente Víctor y yo… –en ese momento Lorena pareció reflexionar un instante. Ya sin murmurar, corrigió– Bueno, no: en realidad a mi estudio únicamente entro yo, porque a Víctor la parece un lugar imposible para trabajar. Él tiene el suyo en otra habitación. Claro que no es tan grande como el mío.

            En ese momento apareció una anciana de tez muy morena y ojos cansados, amarillentos, aunque de cierta forma reflejaban alegría. Traía el licuado de Lorena: supuse que se trataba de Berta.

            –Déjelo en el comedor, por favor, Berta –dijo Lorena apenas la vio venir. La anciana dio media vuelta y desapareció a paso lento por donde había venido.

            –Será mejor que nos demos prisa para regresar a la fiesta. Con lo que me choca andar de prisas, y también estos vestidos incómodos.

            –¡Pero te va de maravilla!

            –Gracias, Rebeca, tú también te ves muy bien con tu vestido.

            –Lo digo en serio.

            –Yo también lo digo en serio –Lorena se detuvo de repente, cerró los ojos y, después de un par de segundos, tras parpadear repetidas ocasiones, preguntó–: ¿has estado haciendo ejercicio?

–No, la verdad es que no.

–Pues tienes un cuerpo muy lindo. Yo no puedo vivir sin el deporte.

            –Claro, el tenis –dije.

            –No, desde hace algunos años que ya no tengo tiempo para el tenis. Eso me tenía deprimida, llena de mmm, ¿cómo decirlo?… llena de ansiedad. Así que acondicionamos parte del sótano para convertirlo en un pequeño gimnasio. Lo recuerdas, ¿verdad?, el sótano. Es como el de la casa de campo pero sin tantas mesas de billar y la cava es mucho más pequeña.

            –No lo recuerdo muy bien –en realidad yo nunca había estado en el sótano, pero no lo dije.

            –Bueno, pues hicimos eso y también un squash del otro lado de jardín; sólo que no se ve porque a Víctor le gustó más la idea de que fuera subterráneo.

            –Sí… me imagino que es mejor –respondí, únicamente por decir algo.

            –Mira la hora que es. Será mejor que nos apuremos.

            Aunque decía tener prisa, Lorena no hacía nada para apresurarse. Seguíamos parados en el mismo sitio desde que la jovencita de quince o dieciséis años había venido a preguntar si se nos ofrecía algo. Miré de soslayo a Lorena y observé que nuevamente había cerrado los ojos. Esta vez, además, tuve la sensación de que apretaba los puños. Cuando Lorena volvió abrir los ojos y a relajar las manos, yo fingí que miraba hacia otra parte.

–Bueno, vayamos a que conozcas mi estudio –dijo finalmente. Mientras subíamos las escaleras, recordé que durante el trayecto, mientras manejaba, Lorena había hecho el mismo tic al menos un par de ocasiones. Aunque me había parecido una gran imprudencia de su parte, pensé que al ser ella una investigadora de renombre, seguramente aquello se debía a su riguroso régimen de estudio. Cuando volvió a repetir aquel espasmo en medio de la sala, yo comencé a dudar de que la causa fuera exclusivamente la inmensurable cantidad de horas transcurridas ante libros, revistas y computadora.   

El estudio de Lorena Stefanoska era en realidad una biblioteca cuya extraña geometría no me permitió calcular sus dimensiones con certeza. A mí me pareció inmensa y, en efecto, un lugar donde imperaban el desorden, el polvo y hasta cierto punto las tinieblas. Porque, contrario a la luminosidad de la sala, a la blancura de sus paredes y de su piso, de su limpieza meticulosa, el estudio de Lorena era un laberinto de estanterías empolvadas, de revistas y libros apilados en el suelo, iluminado por la escasa luz que se filtraba de entre las cortinas cenicientas y cerradas del recinto, que quizá algún día fueron azules o moradas. El aire denso, pesado, caía sobre nosotros con su olor a polilla y a papel antiguo. Algo de cuento fantástico había allí, algo de irreal y mágico… o misterioso. Imaginé que en una novela o en un cuento aquel sitio suscitaría cierta fascinación, pero no así en la vida real. Al menos no en mi propia casa. Afuera, en una librería de segunda mano o en una biblioteca olvidada de alguna ciudad sin lectores, allí sí que aquella atmósfera sería envolvente e invitaría a que uno se pasease por sus pasillos y recovecos. Lo más extraño e inverisímil era que un sitio de tales características yaciera incrustado justamente en la que me había parecido la casa más elegante y pulcra de toda Huelelagua de los Llanos, patrimonio además del director de una de las constructoras más importantes del país.  

            –No te quedes ahí. Ven, acércate –me dijo Lorena sonriendo–. Te advertí que era un desastre, pero es que no tengo tiempo de escombrar y no me gusta que nadie más ponga mano en mis cosas.  

            –No te preocupes, me pasa lo mismo –mentía: ni me incomodaría que alguien más limpiara la casa por mí (porque yo no tengo gente que me ayude en mis quehaceres), ni mucho menos me permitiría vivir en un desorden como ese.

            El enorme escritorio de Lorena, de quizá cinco por tres metros de superficie, hacía juego con el resto del lugar. Además de la computadora, sobre él descansaban centenares de hojas y documentos, libros y libros, uno sobre otro, de entre cuyas páginas sobresalían trocitos de papel y diversos tipos de separadores. Pese al aparente caos, de inmediato me percaté que un vertiginoso orden simétrico designaba a cada objeto un lugar y una posición precisos: si a la derecha del monitor había una pila de libros de medio metro de altura, a la izquierda, simétricamente colocada, había otra pila con las mismas dimensiones. Los bolígrafos estaban acomodados dependiendo de su tinta y distanciados uno del otro por medidas idénticas, y todos apuntaban con sus tapas hacia una misma dirección. Sobre el respaldo de la silla colgaba una percudida bata de laboratorio, y debajo de ella yacían dos mancuernas de gimnasio, una a la izquierda y otra a la derecha. En ese instante me di cuenta de que Lorena Stefanoska tenía dificultad para decidir si guardar o no los documentos de Víctor en mi presencia; por ello, fingiendo interés, propuse:

            –¿Puedo echarle un vistazo a tu biblioteca?

            –Por supuesto. Serás la primera a quien se lo permita –rio para sí misma Lorena, y añadió–. No es tan grande como parece, por eso yo sólo le llamo estudio.

            Al caminar entre las estanterías colmadas de libros, no fue difícil adivinar que la geometría de la sala, en el piso de abajo, no podía corresponder a la del estudio.

            –Tu biblioteca, o mejor dicho, estudio, está justamente sobre la sala, ¿verdad? –pregunté mientras seguía recorriendo los pasillos.

            –Y sobre gran parte de la cocina y el comedor –las palabras de Lorena llegaron sin fuerza, como si ella me estuviese dando la espalda y su voz, tras haber rebotado en la pared, hubiera tenido que librar el sinuoso sendero de libros y estanterías hasta poder llegar a mí, fatigada.

            Continué mi andar, casi a tientas, hasta que di con un sillón a un costado del pasillo. Decidí descansar en él, pero una nube de polvo se alzó al instante. Mis manos, que había colocado en los brazos del sillón, se colorearon de gris. Sacudí mi ropa y continué explorando. Al cabo de algunos metros di con un pequeño escritorio empotrado en la pared, entre dos estanterías. Había también un taburete y una lámpara que cuando intenté encender no arrojó ninguna luz. Soplé el polvo que cubría la bombilla para poder mirar su interior: noté que el filamento estaba roto. Seguí adelante. La iluminación cada vez era más escasa, aunque suficiente para advertir las arañas patonas que, entre los anaqueles, habían tejido redes descomunales en las que aún yacían restos de mocas y otros bichos. Al fondo, si aquel era el fondo, la oscuridad lo envolvía todo.

            –¿Qué hay más allá, Lorena? –pregunté, pero nadie respondió.

            Allí no había ventanas, ninguna luz que se filtrara de entre cortinas cenicientas. Quise tomar un pasillo diferente para volver a la entrada. Descubrí que a mitad del pasillo un estante entrecortaba el paso y me obliga ya sea a volver por donde había venido o a girar a la derecha. Giré a la derecha. Mis pasos lentos, curiosos, no producían ningún ruido. ¿En qué momento el piso había dado lugar a un alfombrado? Un nuevo estante me entrecortaba el paso y me obligaba a girar a la izquierda. Experimenté entonces un miedo terrible y quizá ilógico a extraviarme en aquel sitio; sin embargo, no dejé de avanzar. Fue entonces cuando, en aquel fondo oscuro del estudio, me pareció distinguir un brillo tenue y repentino.

–¿Quién anda ahí? –pregunté titubeando.

De aquellas tinieblas llegó el sonido exacto de un libro que se volvía a posar sobre el estante. El brillo se hizo más tenue y poco a poco pude distinguir el rostro de Lorena Stefanoska. Venía envuelta en la percudida bata de laboratorio que minutos antes había visto sobre la silla de su escritorio. Portaba gafas de aumento, gruesas como el cristal de una pecera, de cuyas lentes asomaban dos diminutos peces azules que pretendían ser sus ojos.  

 
 
 
 
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